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Spaniards leading a national surge in global business and politics, culture and the arts. As the country prepares for a pivotal election, TIME examines its striking creative burst
Delantero Trasero, De Febrero El 29 De 2004; 15.48GMT
Se mire como se mire, Mariano Rajoy tiene un currículum de oro que lo capacita para ser el próximo presidente español. En los últimos ocho años ha ocupado los cargos de ministro de las Administraciones Públicas, de Educación y de Interior, y vicepresidente. ¿Por qué entonces da la impresión de que en las elecciones españolas se vota a José María Aznar, el hombre que deja el poder?
En parte, sin duda, se debe al mero hecho de que se vaya, y encima lo haga en un momento de plenitud. Es raro ver a un político abandonar el poder voluntariamente, y Aznar lo sabe. Ganó en 1996 porque los casi 14 años de gobiernos socialistas de Felipe González acabaron en un sumidero de corrupción debida en parte al efecto debilitador que tiene el haber permanecido en el poder demasiado tiempo. Sin embargo, el dominio de Aznar en una carrera en la que él no participa también se deriva en parte del poder transformador que ha ejercido sobre el Partido Popular (PP) y sobre su país en los últimos ocho años.
No ha tolerado disensiones, ya fuera respecto a su enormemente impopular respaldo a la guerra en Irak, su actitud autoritaria ante las demandas nacionalistas de Cataluña y el País Vasco, o la decisión unilateral rubricada por el partido de nombrar sucesor suyo a Rajoy, de 48 años. Aznar ha polarizado España y, por ahora, la gente sólo quiere hablar de su legado.
Rajoy profesa una inquebrantable lealtad a ese legado, pero lo presenta en un estilo menos severo. Aznar siempre ha sido el típico hombre irascible, nada atractivo, pero muy eficaz, afirma Juan Pablo Fusi, director académico de la Fundación Ortega y Gasset de Madrid. Rajoy, en cambio, según sus compañeros, tiene el sentido del humor seco, casi británico, de su Galicia natal. A diferencia de Aznar, dice un parlamentario del PP, no corta a la gente. Rajoy promete esencialmente una continuación de las políticas de Aznar: fuertes vínculos con Estados Unidos, una línea dura respecto a los cambios constitucionales y mayor liberalización económica. Me gustaría poder presentar un balance final similar [al de Aznar], dice Rajoy.
Por consiguiente, presentarse contra Aznar es el mejor curso de acción posible para el candidato socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, de 43 años. El carácter complaciente de Zapatero, el miembro más joven del Parlamento español cuando fue elegido en 1986, le hizo ganarse el beneplácito como dirigente del partido tras la derrota socialista de 2000. Fue elegido precisamente porque los poderosos barones regionales del partido no querían que alguien con una inclinación por el control similar a la de Aznar les cortase las alas, y desde entonces las ha pasado mal más de una vez para imponer la disciplina.
Zapatero es un buen chico, pero carece de instinto asesino, opina José Antonio Martínez Soler, antiguo periodista de El País y de Televisión Española que ahora dirige 20 minutos, un diario gratuito. A uno le gustaría que se casara con su hija, pero quizá no que dirigiera su empresa. O, aparentemente, su país: por regla general, Zapatero va detrás de Rajoy en las encuestas. Y el que su partido mantenga una controvertida coalición con Ezquerra Republicana en el gobierno regional de Cataluña no le está ayudando precisamente. La relación resultó embarazosa cuando se descubrió que un dirigente catalán se había reunido en secreto con el grupo separatista vasco ETA, que el mes pasado suspendió su actividad en Cataluña. En el muy incierto supuesto de que consiguiera superarlo, Zapatero tiene planes que podrían atraer a los electores. Ha prometido sacar a los soldados españoles de Irak el 30 de junio, a no ser que para entonces se haya establecido alguna autoridad de la ONU. Y ha prometido luchar contra la baja productividad española, mejorando la formación académica y la investigación.
Pero primero, Zapatero tiene que animar a la gente a votar. En las pasadas elecciones se abstuvieron millón y medio de socialistas; ése es nuestro principal problema, afirma Rafael Estrella, destacado parlamentario socialista. Podría volver a ser un problema esta vez: a finales del mes pasado, las encuestas de opinión predecían que el PP conseguiría el 42,5% de los votos, mientras que el PSOE de Zapatero conseguiría un 37%. Sin embargo, gane quien gane, la mayor dificultad será salir de la sombra de Aznar.
Con reportaje de Jane Walker/Madrid
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